26 de noviembre

 

Sábado 26 de noviembre de 2016,  me desperté temprano, una hora casi impúdica para levantarse, antes de la 6 Am. En vez de dejar mi celular sobre la mesa, en venganza a decirme que era tan temprano; me puse mirar las noticias.  Un portal me dice que  Fidel había muerto. Enseguida lo confirmé en las páginas de los diarios más importantes. Lo que fue una noticia para muchos, para mí fue  un volver a los años 80, casi cuarenta años para atrás.

Cuba en ese momento, era otra, todavía era parte de los soviets, ese mundo que después exploto en mil pedazos. Estaba ahí, porque Don Gelbart -Ministro de Economía de Perón-, que había hecho una venta de productos industriales a Cuba. Para mí, con mis veinte siete años, era toda una aventura, ir a abrir cajones a  Cuba, tratar de encontrar, ordenar y organizar todos los insumos que se tenían que transformar en el “Combinado Cítrico de Isla de Pinos”.

Todo  empezó en Ezeiza  en un avión de Braniff, la empresa de los aviones de colores, que me   llevo hasta Lima. Me encontré con una ciudad tomada, barricadas, callbraniffes cortadas al mejor estilo del Cordobazo. Estaban en la segunda fase del Proceso Revolucionario  de la Fuerzas Armadas, por lo se  veía,  venia para la mierda.   Tenía que hacer noche, al otro dia me esperaba la otra etapa, la más intrigante, en  un avión de Aeroflot. Mi refugio de esa noche fue el Sheraton, un hermoso hotel, con una pésima cama, me costó dormirme. Creo que más por la  ansiedad que producía este desafío,  que por incomodidad de la cama. En esa época no existía Tripavisor para quejarse.

El viaje de vuelta  al aeropuerto  fue más rápido,  un par de retenes, me recordaron  las barricadas y las hogueras de la noche anterior.

Busque el mostrador de Aeroflot, todavía esta con escritura latina. A partir de ahí lo vería escrito en alfabeto Cirílico. Consecuencia  eso, comenzamos a llamarlos en nuestra jerga como “aeropopo”. Había llegado a Perú producto de la política de Velazco Alvarado de abrirse al mundo oriental. El vuelo se anunciaba Lima-Habana- Rabat- Moscú. Había empezado a volar unos años antes desde Santiago de Chile, pero con la caída de Allende se había cancelado esa escala.

Cuando me senté en la butaca de IL-62 (Ilyushin) empecé a ver las diferencias con el Boeing 707 que me había llevado hasta Lima. Todo que en aquel era de plástico, acá era de aluminio o acero, lo note cuando quiso despegar.  Lo hizo en los últimos metros de la pista. Creo que de mi asiento,  yo también hice fuerza para que el despegue sea exitoso.

Las estilizadas azafatas de Braniff,  con sus coloridos uniformes, se habían transformado en solidos pilares, que cualquier equipo de rugby desearía tenerlas en su  primera línea, vistiendo un uniforme militar. Además, como era época que se permitía fumar en los aviones, el ambiente estaba impregnado con  ese olor de tabaco ruso, que me iba acompañar en los próximos meses. Por suerte, tapaba  parcialmente,  el hedor, que despedían los pasajeros del bloque soviético.  Mantener unas palabras con ellas era difícil, nada de castellano, y cuando les hablaba en inglés, no me respondían, no insistí, pensé que eran directivas del Kremlin.

Cuando aterrizamos en el aeropuerto de la Habana,  el Jose Maerop-martiartí, lo encontré vacío, solo mostradores de unas pocas compañías. Eran épocas de bloqueo, en serio.  Iberia, con una frecuencia  semanal, Aeroméxico, Aeroflot y Cubana eran las únicas que volaban a Cuba.

Pasar los controles de migración  y aduaneros, no era sencillo. Comencé a sentir que estaba controlado. Todo lo que había dentro de mi equipaje, merecía una pregunta.

Ante una pregunta de uno de los encargados de porque venía a Cuba, le respondí ” por CC”. Inmediatamente se me fueron abriendo las puertas y salteando controles que los demás pasajeros estaban haciendo. Pero todo eso se vio interrumpido  cuando un burócrata me volvió a preguntar CC??, si y yo muy suelto de cuerpo  le dije .”Colaboración Económica”, la respuesta fue aquella cola. La misma que había abandonado  minutos antes por sus  indicaciones, pero un poco más atrás , cuando mi controlador interpreto mi “CC”,  como Comité Central de Partido Comunista. Ahí empecé a darme cuenta de la influencia de partido en la vida de Cuba.

El camino de ida hasta el hotel, me fue poniendo en onda de los que  iba a ver en los próximos meses, ni un cartel de publicidad, todas loas a la revolución y a la comunidad socialista internacional. Antes de llegar al hotel, el vehículo que me llevaba, como manera de atención, paso por la Plaza de la Revolución, el monumento a Jose Martin y al fondo el ministerio de Industrias donde tenía su despacho el Che Guevara. Su figura se resaltaba en todo el frente de del edificio, mi chofer empezó a comentarme sobre la místimonuca de la revolución. “Él trabajaba  hasta muy tarde, podíamos ver la luz de su oficina. Ahora en su honor por haber dado su vida por la revolución  queda prendida toda la noche”. De cualquier manera no le fue bien por su gestión, los resultados de la zafra, principal exportación de  Cuba, y otros emprendimientos industriales fueron pésimos. Fidel le dio otros destinos para continuar la revolución, primero África y luego Bolivia. Era un experto de sacarse gente de encima, sino pregunten por Camilo Cienfuegos. Cuando se opuso al giro de los Castro  hacia la Unión Soviética, su avión se perdió en el mar.

El compañero que iba a relevar, me estaba esperando en el Riviera, creo que era el mejor hotel en ese momento. Cuando me registro, veo sobre el mostrador, dos periódicos Granma y Juventud Rebelde, los miro,   no diferían de los panfletos que repartían Tupac o los amigos del PC en la facultad.  No me iba informar de mucho con ellos. Cuando abríamos los cajones, nos encontrábamos que ciertos insumos estaban envueltos en papel de diario de mi país,  desaparecían inmediatamente. Ahí  confirme la necesidad,  que tenían de saber,  por lo menos,  algo de lo que pasaba en el mundo.

Antes de partir para la isla de Pinos, tuve tiempo de caminar por el Vedado, Un barrio que debe haber sido de los mejores de la Habana, de  la clase más pudiente, los primeros que abandonaron la isla. Las casas que quedaron sin dueño,  muchas fueron asignadas por el estado a embajadas, otras “intrusadas”, a veces por varias familias, las  gallinas y los cerdos eran los animalitos del jardín, había que subsistir.  Comencé a ver las dos realidades.

También empecé a escuchar las dos versiones de la vida en Cuba, a veces de la misma persona. Una cuando estaban frente a  cubanos y otra cuando estamos solos. Había como mínimo un dejo de tristeza en sus palabras, por la situación. Tal era  grado de aislación   con el mundo, que  les hacía muchas veces suponer que todo lo de afuera era mejor.

Antes de partir  de la Habana, conocí a un porteño de una firma “Dosicenter”, que me vio tiernito,  inexperto,  como buen porteño “piola”, “canchero”,  me introdujo en la otra Cuba, la clandestina, la del dólar paralelo. Me dio una gran mano,  en  optimizar mis recursos. Toda la dotación de Meitar, uso sus servicios en los años siguientes. Todavía recuerdos las palabras de Héctor, el taxista, nuestro “arbolito”, “Viste las películas de los gánster,  acá es igual, todo se consigue con dólares. Te creías que era distinto?”

La mañana siguiente partí para Isla de Pinos, ahí estaba mi trabajo.

Nueve meses no se pueden resumir  en unas pocas hojas, me quedan muchas historias en mi mente, que tratare de recordar para poder seguir contándoles mi experiencia.

Escribir sobre esos meses vividos en Cuba, me va permitir volver a vivirlos. Como me hubiese gustado tener la experiencia que dan los años en ese momento. Lo que hubiese disfrutado la estadía, si hoy solo con los recuerdos me siento feliz.

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Un comentario en “26 de noviembre

  1. Hola Federico, que alegria siento al leer estas notas sobre tus experiencias en mi querida isla, y quisiera seguir leyendo en un futuro tus anecdotas sobre ese viaje.
    Te cuento que sali de alli en 1971 con 11años y jamas he vuelto, se que muy pronto tendre que ir, no tiene sentido posponerlo mas.
    Tengo que prepararme mentalmente para volver a mi pueblo, Trinidad, caminar por sus calles de adoquines, visitar la casa donde vivi todo ese tiempo, pero sobre todo visitar la escuela secundaria basica donde asistia y te vas a reir: caminar por sus pasillos tarareando ” Ella ya me olvido” de Leonardo Favio. Este es uno de los recuerdos que se quedaron en el disco duro de mi vida!
    Te mando un abrazo y gracias por escribir!
    Gracias a Cuenca tambien por aquella tarde fria inolvidable!

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